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02 Jul 2026

Mons. Fabio Colindres Abarca exhorta a vivir con fidelidad la fe y el amor a la Eucaristía.

  • 02/07/2026
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  • Formación, Obispo de San Miguel, Portada

En el marco del Congreso Eucarístico Diocesano, celebrado el 27 de junio de 2026 bajo el lema “Quédate con nosotros y danos tu paz“, en el Polideportivo Don Bosco, Mons. Fabio Reynaldo Colindres Abarca dirigió una profunda reflexión centrada en el llamado de Cristo a permanecer fieles a la fe católica y a fortalecer el amor por la Sagrada Eucaristía.

Durante su intervención, animó a los fieles a custodiar la fe heredada de sus familias, vivir con fidelidad el Evangelio, amar a la Iglesia, al Santo Padre, a la Santísima Virgen María, a los santos y a los sacramentos, destacando que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana.

A continuación, compartimos el texto íntegro de la ponencia impartida durante el II Congreso Eucarístico Diocesano para su lectura y reflexión:

Tema – Quédate con nosotros – monseñor Fabio Colindres

Excelentísimo Monseñor Luis Romero; señor vicario general; amados sacerdotes de la diócesis de San Miguel y de otras diócesis; amadísimas religiosas y religiosos; diáconos; seminaristas; guardia del Santísimo; ministros extraordinarios de la comunión; adoradores del Santísimo Sacramento; movimientos apostólicos de la Iglesia; amados monaguillos; niños de primera comunión; catequistas; amadísimos hijos e hijas en la fe que hoy, en gran número, han venido para rendir culto de adoración a Jesús, verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del altar.

Quisiera pedirles, si es posible, que hagamos silencio, porque todavía hay mucha gente platicando. Necesitamos más silencio, necesitamos silencio. Los que están platicando todavía, por un momento, por favor. Es difícil que el Espíritu actúe si no hay silencio; es difícil que entendamos lo que Dios quiere decirnos si no hay silencio.

Amados hijos e hijas, la Eucaristía —la presencia real de Jesús en el pan y en el vino— no comenzó en la Última Cena, cuando Jesús tomó el pan y el vino y dijo: «Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre». Hay mucha gente que olvida que la presencia real de Dios en medio de nosotros es el anhelo más hondo del corazón de la Santísima Trinidad. Dice el libro del Génesis que Dios nos creó desde lo que Él mismo es: familia. «Hagamos al hombre —recuerdan— a nuestra imagen y semejanza». Dios es familia, y la Iglesia es la familia de Dios extendida en el mundo por la fe. De tal manera que la presencia de Dios en nosotros, y la nuestra en Él, ha sido el anhelo de siempre del corazón del Padre. Por eso, habiéndonos amado tanto, ha enviado a su Hijo con la fuerza del Espíritu Santo para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que tenga vida, y vida eterna.

Hoy quiero hacer con ustedes un breve recorrido histórico de salvación para comprender de dónde viene la voluntad de Dios de quedarse para siempre con nosotros.

En el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis, capítulo 14, aparece una figura formidable: un rey llamado Melquisedec, rey de Salem, que ofreció pan y vino. Miren cómo desde el libro del Génesis ya se prefigura el pan y el vino como presencia de Dios en medio de nosotros. Si bien la ofrenda de Melquisedec anunciaba ya la Eucaristía, más tarde viene el acontecimiento más poderoso de la historia de la salvación: el Éxodo.

En el capítulo 12 encontramos la cena pascual. Los israelitas celebraban el signo más poderoso del amor de Dios hacia su pueblo. ¿Lo recuerdan? Dios liberó a su pueblo de las garras de la muerte, es decir, del faraón. El pueblo de Dios, encabezado por Moisés, atravesó el desierto dejando a sus espaldas al faraón y a Egipto. En el desierto, el pueblo vio las maravillas de Dios: comieron carne, bebieron agua y comieron el maná. Nunca Dios abandonó a su pueblo.

Pero lo más bello de todo es que el cordero del que se habla en la cena pascual es también una figura del verdadero Cordero, el que quita el pecado del mundo. Ustedes recuerdan las palabras de Juan el Bautista: «Este es el Cordero de Dios», así dijo Juan Bautista, «el que quita el pecado del mundo». Juan Bautista, lleno del Espíritu Santo, dijo que Jesús era el verdadero Cordero.

La Pascua celebraba el paso de la muerte a la vida —eso significa Pascua, Pésaj en hebreo: paso de la muerte a la vida—. Por eso Dios hizo pasar a su pueblo por el Mar Rojo, que es también un anuncio del bautismo. La vara de Moisés abrió de par en par el Mar Rojo y el pueblo pasó a pie enjuto, que significa con los pies secos, sin mojarse siquiera, dice la Escritura, porque Dios los presidía en la persona de Moisés, padre y señor del pueblo de fe.

Miren, mientras el cordero de la Pascua del Antiguo Testamento conmemoraba el paso de la muerte a la vida, Cristo viene para traernos la verdadera vida. Después de que vence a la muerte, rompe las puertas del sepulcro y le proclama a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá». ¡Qué poder más grande tienen estas palabras! Cristo se proclama a sí mismo el Cordero que quita el pecado.

El profeta Isaías lo anunció de forma maravillosa del capítulo 53 en adelante: despreciado, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos; tan destruido tenía el rostro que cuantos lo veían se giraban, porque daba horror verlo, dice Isaías. Sus heridas nos han curado; ha cargado, como una oveja silenciosa llevada al matadero, con nuestras miserias humanas. ¡Qué grandes son estas palabras! Isaías también dice que vendrá uno que cargará con nuestras culpas y nos llevará a la vida y a la paz. Ese es Jesús.

Salgamos hoy del Antiguo Testamento y vayamos al Nuevo Testamento. ¿Qué sucedió ahí? Jesús prefigura también la Eucaristía, sobre todo con la multiplicación de los panes. Los discípulos le dijeron: «Señor, despide a la gente». Miren qué multitud, igual que esta mañana, bueno, un poco menos. A Jesús lo seguían multitudes diez veces mayores que los que estamos hoy aquí. Recuerden que muchas veces, para que la gente pudiera verlo, se tuvo que subir a una barca y alejarse de la orilla del lago porque la multitud, dice la Escritura, era enorme.

Jesús tomó los panes en sus manos, los elevó e hizo una acción de gracias. Esa es la plegaria eucarística, es la misa que hoy celebramos: el sacerdote que levanta las especies y ora a Dios para que estas se conviertan en pan que da la vida para el pueblo entero, a fin de que todos queden saciados. En efecto, dice el milagro de la multiplicación de los panes que todos comieron hasta saciarse, que recogieron doce cestos llenos de lo que sobró y que solo los hombres eran más de cinco mil. Cuando hay cinco mil hombres, hay veinte mil mujeres, y cuando hay veinte mil mujeres, hay trescientos mil hijos. Imagínense la multitud que comió.

La multiplicación de los panes es una forma de adelantar lo que Jesús iba a hacer en el futuro. Pero había un pequeño problema: la gente que comió los panes y los peces multiplicados entendió que se trataba de un milagro que solo llenaba el estómago. Se alegraron mucho porque había comida —la gente siempre que hay comida y agua se alegra—, pero Jesús quería ir más allá. Él no había venido para hacer un pan que sacia el estómago o un agua que calma la sed por un momento. Recuerden las palabras que le dijo a la samaritana: «Tú vienes al pozo a sacar agua, pero el que bebe de esta agua vuelve a tener sed». Qué maravilla. Y dice Jesús: «Yo tengo un agua, y el que beba de ella nunca más tendrá sed». Estas palabras tocaron el corazón de la mujer y le dijo: «Señor, dame de beber de esa agua». Qué hermoso. Jesús le dijo: «Soy yo el agua viva». Esto es fuerte. «Soy yo el agua viva de la que te hablo». Aquella mujer cambió su vida para siempre y entendió que el pozo que da la vida no es el pozo que frecuentaba ella, sino aquel con quien se acababa de encontrar.

¡Pues bien, viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Eucarístico! ¡Viva el Pan de Vida! ¡Que viva la Iglesia! ¡Viva la diócesis de San Miguel y que viva la Reina de la Paz!

Entonces, ¿qué sucedió? Llegamos al punto esencial del anuncio de lo que será la Eucaristía. Los que nunca han leído el capítulo 6 del evangelio según san Juan deben leerlo completo alguna vez en la vida. Sucedió en Cafarnaún, en la sinagoga que está al norte del Mar de Galilea o Lago de Tiberíades, muy cerca de la casa de Pedro. Allí Jesús, un sábado como hoy, dijo estas palabras:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida en mí, yo vivo en él y yo lo resucitaré en el último día».

¿Oyeron lo que Jesús dijo? «El que come mi carne y bebe mi sangre». Esto creó un problema serio, porque en el tiempo de Jesús había sacrificios paganos en los que se sacrificaban vidas humanas, se comía la carne y se bebía la sangre de las víctimas. Cuando Jesús dice: «El pan que yo les daré es mi carne», sonaba a sacrificio pagano. «La sangre que yo les daré, la bebida que yo les daré, es mi sangre para la vida del mundo».

¿Saben qué sucedió? Esto se llama en la Sagrada Escritura «la crisis de Galilea». Dice la palabra de Dios que muchos se alejaron de Jesús. Qué triste. También hoy son muchos los que se alejan de Jesús Eucaristía porque no lo comprenden, porque no creen en Él. Creen que la Eucaristía es un símbolo, ¡qué mal están! Y se alejaron muchos, pero al final solo quedaron los apóstoles con Jesús por estas palabras: «Les daré a comer mi carne y les daré a beber mi sangre».

Entonces viene el momento crucial. Jesús preguntó a los apóstoles: «¿También ustedes quieren marcharse? ¿También ustedes quieren dejarme?». Y surge la respuesta maravillosa del primero de los apóstoles, el primer papa. Pedro dijo así: «Señor, si te abandonamos a ti, ¿a dónde iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Mesías de Dios».

¿Oyeron eso? «¿A dónde iremos, Señor, si te dejamos a ti?». Ojalá el mundo pudiera decir estas palabras. Si los esposos que luchan por ya no ser infieles y hacen llorar a sus esposas pudieran decir también: «Señor, si yo te dejo a ti, mi matrimonio no tiene futuro». Si los que se drogan, los que introducen en sus venas la muerte bajo el nombre de estupefacientes o drogas, entendieran las palabras de Pedro: «Señor, ¿a dónde iremos si te abandonamos a ti?». ¿Se dan cuenta de que el mundo anda mal porque ha abandonado la Eucaristía? La gente ya no se confiesa, la gente ya no comulga, la gente ya no va a misa, la gente ya no adora al Santísimo Sacramento; por eso andamos mal. Cristo es la vida, Él es la fuerza, Él es el amor; sin Él no vamos lejos.

¡Viva la Iglesia! ¡Que viva Cristo, Pan de Vida! «¿A dónde iremos, Señor?». Nunca olvidemos estas palabras. Y cuando más sufran, cuando tengan depresión o miedo, cuando ya no puedan más, cuando sus familias se quebranten, cuando sus matrimonios estén en crisis…

Hoy, en este año 2026, nos reunimos para celebrar el Segundo Congreso Eucarístico Diocesano. El primero lo celebró el primer obispo, Monseñor Juan Antonio Dueñas y Argumedo, en el año 1935, hace 91 años. La diócesis exultó al celebrar al Santísimo Sacramento. Noventa y un años después estamos celebrando hoy el acontecimiento más importante de la vida de la diócesis en los últimos 95 años: un Segundo Congreso Eucarístico.

¿Por qué es importante? Porque es la ocasión para volver a poner en el centro a Cristo. Lo hemos desplazado, literalmente hablando. Hemos sacado a Jesús no solo de nuestros templos, sino de nuestros corazones, que es lo más doloroso. Las redes sociales ocupan el lugar de Cristo; la calumnia y la mentira a menudo ocupan el corazón del hombre. A menudo, lo que palpita más fuerte en nuestro pecho es la ansiedad por tener y por ser, por aparentar, y no por amar a Cristo Jesús. Por eso sufrimos tanto, porque Él ha dejado de ser el centro de nuestras vidas.

Un congreso eucarístico es para volver a la fe eucarística: que toda la diócesis gire en torno a Cristo Eucarístico; que las vicarías parroquiales giren en torno a Cristo Eucarístico; que la familia vuelva a orar y a enseñar a sus hijos que sin Eucaristía no hay vida; que los matrimonios se casen por amor y no por pasión, y que vuelvan a prepararse teniendo como centro de su catequesis —como debe ser toda la catequesis— a Cristo Eucarístico.

Adoradores del Santísimo, guardias del Santísimo: vuelvan a adorar con amor profundo y renovado al Santísimo Sacramento del altar. Que los que se habían alejado de la guardia del Santísimo regresen; que los que sirven en la adoración eucarística vuelvan a ella. Y que los ministros extraordinarios de la comunión no vean este servicio como una ocasión para que el pueblo los vea; no se trata de un privilegio humano solamente, se trata de un servicio maravilloso y sobrenatural que exige que el que lleva a Cristo en sus manos sea santo, porque Dios es santo. Es grave la responsabilidad de los que tratamos las cosas santas.

Hermanos y hermanas, este día hemos venido para darle gracias a Cristo Jesús, que ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía. Les quiero recordar unas palabras maravillosas del 15 de octubre del año 2004, en que San Juan Pablo II, en una carta apostólica llamada Mane nobiscum Domine —que significa «Quédate con nosotros, Señor»—, nos recordó que el más grande misterio que tiene la Iglesia es la Eucaristía, y que Cristo Eucarístico es el único que puede revelar al hombre su destino final y sus inquietudes más profundas. Qué hermoso es esto. De hecho, fue el tema de la primera carta encíclica de San Juan Pablo II: solo Cristo revela al hombre su identidad última. El hombre sin Cristo está perdido, no tiene orientación en la vida. Y es verdad, ¡cómo sufren los hombres y mujeres que se han alejado de Dios, que han perdido la fe, que ya no aman a Jesús verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del altar!

Les quiero recordar algunos acontecimientos que deben tocar nuestra alma. Recuerden que la gran celebración, la máxima celebración en honor a la Eucaristía que tiene la liturgia de la Iglesia, se llama Corpus Christi. Esta fiesta fue instituida por el Papa Urbano IV después de un gran milagro eucarístico llevado a cabo en Bolsena, Italia. Se trataba de un sacerdote que había perdido la fe. No hay nada más horroroso que un sacerdote pierda la fe en la Eucaristía y, sin embargo, puede suceder. Es tan astuto el demonio que incluso puede lograr que un consagrado ya no considere santo lo que Dios pone en sus manos en cada Eucaristía.

Este sacerdote en Bolsena perdió la fe. Decía: «Jesús no puede estar presente en un pedazo de pan, es demasiado increíble y sobrenatural, no puede ser». Y todos sabemos lo que sucedió en aquella última Eucaristía que el sacerdote celebraba antes de presentar su renuncia al ministerio. Dijo las palabras de la consagración: «Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre». Y miren qué maravilla: aunque él ya no creía, Cristo seguía creyendo en nosotros y en la Iglesia. Aún a través de las palabras dudosas y de las manos sacrílegas de un consagrado que no tenía fe, Cristo se volvió a hacer presente en la Eucaristía.

Cuando partió el pan, de él brotó abundante sangre que bañó el altar y el piso. Todavía hoy en Bolsena se puede ver el corporal manchado de sangre del milagro eucarístico. Le avisaron al Papa, que estaba cerca de Roma. Personalmente, el Papa fue a Bolsena, constató el milagro de inmediato y nombró un equipo teológico para estudiarlo, y le dijeron: «Santo Padre, se trata de un milagro verdadero, no es un invento. Cristo está presente en la Eucaristía: es su cuerpo, es su sangre». ¡Viva Cristo, Pan de Vida!

El Papa Urbano IV llamó a los teólogos más destacados del momento, entre ellos al más famoso teólogo de la Eucaristía, Santo Tomás de Aquino, quien compuso toda la liturgia que hoy tenemos del Corpus Christi. Adoramos tu divinidad, Señor; aquel a quien no vemos, está entre nosotros, dice Santo Tomás de Aquino. ¡Qué maravilla! Y hay que escuchar la secuencia eucarística (el Lauda Sion) compuesta también por él.

Hermanos y hermanas, cuando hablamos de Cristo Eucarístico, hablamos del peso más maravilloso que tiene la Iglesia. Los milagros eucarísticos en el mundo son muchos; Cristo ha expresado que verdaderamente está presente en la hostia de muchas maneras.

Uno de los santos que más ha amado la Eucaristía en los últimos tiempos —ustedes lo conocen— se llama Carlo Acutis, un joven italiano enfermo de leucemia. A los 12 años, los médicos le dijeron que iba a morir; le dolió el alma, pero se alegró mucho. Hay un video en el que Carlo Acutis dice: …«Estoy destinado a morir» con una gran sonrisa. Solo los hombres y mujeres eucarísticos no le tienen miedo a la enfermedad ni a la muerte, porque saben que el que come el cuerpo y la sangre de Cristo tiene vida, vida eterna, y que Cristo lo resucitará en el último día, como dice Jesús: «El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive en mí y yo en él, y yo lo resucitaré en el último día».

Carlo Acutis, antes de morir, reunió los milagros eucarísticos más conocidos y dejó una frase lapidaria: «Mi autopista para ir al cielo es la Eucaristía». ¿Lo recuerdan? No faltó a misa ni un solo día y con su testimonio atrajo a su propia familia. Es uno de los más poderosos santos eucarísticos de nuestro tiempo.

Este es un reto para la juventud. Jóvenes y niños: no hay felicidad sin la Eucaristía, no hay vida sin la Eucaristía, no hay fuerza sin la Eucaristía. Cristo es el centro del universo y de la creación. Él lo dijo: «Sin mí, nada pueden hacer». Él lo dijo: «Vengan a mí los que están cansados y agobiados, los que ya no pueden más, porque yo los haré descansar». Lo dijo Él: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas». ¡Qué grandes son las palabras del Señor!

Amados hijos e hijas, ustedes no tienen idea de cómo se encuentra el corazón del obispo de San Miguel esta mañana. Qué emoción más grande es ver a la diócesis congregada en torno al Pan de Vida. Qué emoción más grande es ver a la familia, a los matrimonios, a los jóvenes y a los niños en torno a la Eucaristía. Ha sido tan impresionante para mí ver a mis sacerdotes cargar al Santísimo Sacramento; qué hermoso ha sido ese gesto de ternura hacia Jesús. Por la gracia de Dios, tenemos maravillosos sacerdotes en San Miguel; los mejores sacerdotes del mundo están en San Miguel, están en San Miguel.

¡Que vivan nuestros sacerdotes! ¡Viva la Eucaristía! ¡Viva la Iglesia! ¡Viva nuestra diócesis! ¡Viva Cristo Rey! ¡Que viva Monseñor Romero! ¡Que viva San Miguel Arcángel! ¡Que viva la Reina de la Paz! ¡Viva el Papa y que viva su obispo también!

Estoy feliz, estoy feliz de ver su amor por la Eucaristía. Termino con estas palabras: Diócesis de San Miguel, con este Segundo Congreso Eucarístico, Cristo te llama a ser fiel. Sé fiel a tu fe, sé fiel a la fe que te han heredado tus padres y tus abuelos; nunca renuncies a la fe cristiana católica. Ama al Papa, ama a María, ama a los santos, ama a los sacramentos, ama a tu diócesis, ¡ama la Eucaristía!

¡Viva Cristo Rey!¡Que viva Cristo, Pan de Vida! ¡Infinitamente sea alabado, mi Jesús Sacramentado! Dios los bendiga siempre.

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